Bayro; la arquitectura conceptual del tiempo

Ramón Almela. Doctor en Artes Visuales

Deslizarse a la obra de Bayro es entrar a un mundo de estampa representativa de realidad inventiva y escenificación poética con cierto sabor a antaño en vestimentas y atuendos. Bayro ha creado una singular figuración con la que se desplaza desde sus vivencias y pensamientos hasta nuestra psique. Es ineludible la comunicación; se establece una fructífera relación entre nuestro observar y la obra misma. Cada una de ellas contiene una fuerza que nos empuja a mirarla; a dejarnos envolver en su actuación.

En esta ocasión nos confrontamos en la Galería de Arte de la Universidad Iberoamericana a 50 imágenes de José Bayro, que son 50 obras de grabado que configuran veinte años de trayectoria como pintor profesional. Observamos que comienza la muestra con una obra de 1985, "En los caminos del infierno" una litografía con la que se inicia en el terreno gráfico en la que se van marcando los elementos que definirán su retórica, y concluye con la de 1999 "San Miguel Arcángel y el 2000"; su último grabado en aguafuerte/aguatinta. La distancia que marcan las fechas registra ciertos cambios acontecidos en el desarrollo de las técnicas y la elaboración plástica de la superficie, pero hay una esencia que ha quedado palpable y permanece entre estas dos fechas y que precisamente condensa la esencia del trabajo creativo de Bayro como pintor: la arquitectura conceptual del tiempo.

Su actitud arquitectónica conlleva una definición del espacio que traslada a sus composiciones pictóricas. Y ese espacio está ligado al tiempo. Este tiempo está regido por la caracterización cultural y en ésta radica su indudable raiz latinoamericana que ostenta como definición de sí mismo. Una neta inclinación por el ser humano, la humanidad, y por ese presente que re-presenta como proyección del pasado. Sus temas, títulos y escenificación indumentaria nos hablan constantemente de ello. Todo aparece levitando en un lugar donde el tiempo se fractura, se expande y abarca el pasado y el futuro?y en donde el ahora es un rehén del antes. El propio Bayro confirma de alguna manera esta actitud representativo-conceptual cuando afirma "?o un artefacto que no se apoya en ninguna parte y que sólo quiere contarnos algo de lo que tenemos guardado en lo más profundo de la mente".

El realismo fantástico de Bayro se mueve en un fuerte territorio narrativo. Pero, esa imaginación está aposentada, así mismo, en una elaborada técnica material. En estos grabados pueden verse la pulcritud y el oficio. En la exposición, y bajo una vitrina, se aluden a ellos con la presentación de las herramientas y elementos de grabado como la plancha de zinc de una de las obras, la punta de metal, colofonía, ruleta, rodillo y barniz. Es a través de estos útiles y la cuidada ejecución como las ideas toman forma. Los objetos y personajes que brincan, actúan, se enredan, miran, son situados con habilidad para equilibrar el espacio-ventana que la obra propone bajo una red armónica en subdivisiones de proporción áurea. Estricta estructura donde se posicionan y reparten las direcciones y elementos principales de la escena.

Y sobre esta ortogonal estructuración que subyace en todas las imágenes, los contornos curvos, la distorsión, la anatomía quebrada parecen producir una contraposición que junto al color contribuyen a un dinamismo ejemplar en la producción visual. El color presentado como balance tonal en armonías muy concretas y reducidas, contenidas. Rojizos solares, amarillentos desleidos, ocres tristes... Elementos, todos, que nos revelan también índices del propio caracter de Bayro como comprensión, emotividad y sensibilidad.

Una de las características que resaltan en su producción es el juego literario-evocativo de los títulos. Juego sobre las palabras en su literalidad que componen con la imagen un ámbito de encuentro iluminador?véanse si no éstos: "Arrastrando el pecado" "Su marido de ella" "Su mujer de él" "Tirar la máscara" "Desface gravitacional" "Concierto para una naturaleza muerta". Y con todo ello se vierten en los trabajos, además, una ironía social, una crítica sutil y a veces descarada de nuestras actitudes. Cuatro pequeños grabados de una serie erótica ponen el dedo en la llaga con la delicadeza de la dulzura del erotismo en el juego homo y heterosexual.

El problema que encuentro en la obra de Bayro es ¿hasta qué punto se está haciendo prisionero de su propia sugerente proposición plástica? Oficio y lucidez intelectual vertida en la realización de las imágenes se están estancando a falta de indagación y sorpresa. O quizás, su propia propuesta radica en la necesidad de tener marcados los patrones de tiempo fracturado y hablarse a sí mismo con ese trazado icónico y simbólico. Como él mismo decía "..escápense por laberintos de imaginación, encuentren su mundo". Pero, se desearía que desde esta misma técnica propia del grabado sobrepasara los límites mismos del procedimiento, aunándolo con el discurso hasta el punto que le lleve a recuestionarse el propio realizar. No debemos anquilosarnos en el éxito y calidad de nuestra producción, pues corre el riesgo de convertirse en un simulacro de nuestra verdadera esencia vital que prosigue cambiando como hecho ineludible de vivir bajo los condicionantes de ser humanos.
José Bayro, un artista del mundo flotante

Pedro Angel Palou

La cuerda floja del simbolismo. Ahí se mueve Bayro, flota, se estremece, está a punto de caer y se sostiene. ¿Por qué? Quizá porque es la suya una estética descentrada, que busca un nuevo punto de apoyo. Y lo hace, por ejemplo desde la obsesiva repetición de los rasgos físicos de sus rostros. Siempre está ahí para recordarnos que es un Bayro, pero también para decirnos que desde ese rostro el pintor nos mira mirarlo. Las estaciones, los elementos, las esencias atómicas, una especie de iconografía fragmentada acompaña también siempre a esos rostros. Lejos del simbolsmo ordinario, pero utilizando sus elementos, como en las bellas cartas de tarot Visconti-Sforza, los grabados de Bayro, por ejemplo, se proponen como nuevas síntesis plásticas, visiones y revisiones de este nuevo milenio.

Pero también hay una sutil melancolía en Bayro. Tiene razón María Zambrano cuando afirma que: "la melancolía es una manera, por tanto, de tener; es la manera de tener no teniendo, de poseer las cosas por el palpitar del tiempo, por su envoltura temporal. Algo así como una posesión de su esencia, puesto que tenemos de ellas lo que nos falta, o sea lo que ellas son estrictamente." ¿Cómo no ver en esa ausencia de objeto, es ese objeto eternamente aplazado la melancolía de los cuadros de Bayro?. Si algo descubre el artista que se ha roto en la conciencia son los valores. Por eso los de Bayro siguen siendo insustituibles. El sujeto se siente en unidad inocente y armoniosa consigo mismo y con la vida, que se le presenta plena de sentido. La multiplicidad de las cosas parece unificada en un orden superior, iluminada por un significado que confiere a las cosas un valor insustituible y transforma las huellas de la cultura o de la barbarie intercambiables en el nuevo cuadro, único e irrepetible.

Y esa melancolía está impregnada de risa, de humor, como en Kundera. "El pero de vivir para Kundera -explica Calvino- está en toda forma de constricción: la tupida red de construcciones públicas y privadas termina por envolver toda existencia en una trama de nudos cada vez más apretados... el humor es lo cómico que ha perdido pesadez corpórea y pone en duda el yo y el mundo y toda la red de relaciones que lo constituyen...Transmite el sentido de la precariedad de los procesos que las han creado". Para los humoristas la levedad prevalece en las relaciones humanas y nos transmite la fugacidad de la existencia y lo contingente de cada acto, lo pasajero y azaroso que puede ser nuestro comportamiento, en el mundo, como las imágenes, que algo tienen de onírico de José Bayro.